Prometen un rostro luminoso, un aspecto más joven, una piel tersa y suave… Aseguran combatir las líneas de expresión, las arrugas y las manchas. Pero, ¿cómo? Las distintas marcas de cosméticos hablan de innovadoras tecnologías, de vitaminas y minerales, de principios activos e ingredientes reestructuradores con los que “atenuar las arrugas, tensar los rasgos y conseguir un aspecto aterciopelado”.
“El cuidado de la piel y los cosméticos forman parte de nuestras vidas desde tiempos ancestrales, pero fue en 1980 cuando comenzaron a introducirse nuevos ingredientes en la formulación de los productos cosméticos con el objetivo de luchar contra los signos del envejecimiento”, explica Sian Morris, responsable científica de Olay en Europa.
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De los pantalones pitillos a los anchos, la moda se reinventa cada año. Pero no hay que obsesionarse con seguir al pié de la letra las últimas tendencias, para estar a la moda basta en ocasiones con unos buenos accesorios. Lo importante es lucir orgullosa y segura con prendas que nos favorezcan.
Los dictados de la moda no pueden ser seguidos por igual por todas las mujeres, debemos mostrar un estilo propio acorde con nuestra forma de ser.
El objetivo deseado es que el pantalón nos “siente como un guante” y para ello hay que analizar los puntos fuertes de nuestro físico, para resaltarlos, y, sobre todo, los débiles, lo que a menudo es más difícil.
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“Por cada chocolate o porción de alimento grasoso, un barro”. Nada más falaz que esta aseveración. Simplemente, imagínese cómo amanecería alguien que la noche anterior cenó más de 10 tacos al pastor.
Para tomar distancia de los dichos populares y la publicidad mágica, nada más útil que saber de dónde vienen los barros. Cada poro de la piel, conocida por los expertos como unidad pilosebácea, consta de una glándula sebácea y un vello. Esas glándulas tienen como función producir grasa para lubricar la piel.
Algunos procesos hormonales provocan que esas glándulas produzcan grasa en exceso y con una consistencia más densa, por lo que queda atrapada en el poro, provocando su inflamación e irritación.
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‘Quiero entrar en esos vaqueros de la talla 34, así que me pongo a régimen. No desayuno; como un plato de lechuga, y para cenar, sólo una manzana. Pero no puedo con la ansiedad y a las dos horas me doy un atracón de dulces’… La obsesión por un ideal de extrema delgadez puede conducir al desarrollo de trastornos en la alimentación, especialmente aquellos que alternan periodos de dieta extrema con comilonas compulsivas, según advierte un trabajo británico.
“La promoción de un ideal de extrema delgadez, en conjunción con un fácil y rápido acceso a comida apetecible, produce un ambiente proclive a los atracones”, explican los autores de este trabajo, que se publica en forma de editorial en el último número de la revista The British Journal of Psychiatry.
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Con un ejercicio que no tomó más de 10 minutos, varias mujeres se atrevieron a “dar forma” a los sentimientos construidos a lo largo de sus 70, 63, 51, 33, 20 y 12 años. Tres respiraciones profundas les permitieron alcanzar la concentración mental necesaria para remitirse a su niñez y recordar: ¿Qué les decían respecto a su apariencia física que las hacía sentir mal?
Pregunta clave que hizo surgir todo tipo de recuerdos: a quienes las señalaban por estar demasiado flacas, por tener los dientes chuecos, por “negras”, por “cuatro ojos”, o las “chaparritas”, “gorditas”, calificativos expresados en diminutivo como para tratar de ocultar la ofensa.
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